autor.: cejuanjo
Remitido el 21-06-08 a las 02:22:25 :: 1808 lecturas
A una semana del primero de Jueces admito que mi vida se ha convertido en el crispante muermo en que se convierte todos los años una semana antes de examinarme del primero (y por ahora a veces del segundo) de acceso a la Carrera Judicial. Sin embargo cuando veo a otros tan cincuentones, tan ventrudos y tan casados como yo asomar en la puerta del pub con el rostro enrojecido y la mirada al acecho de las doncellas en flor pienso que sigue valiendo la pena luchar por algo grande. Porque grande es la paliza que hay que pegarse para alcanzar un discreto control sobre los casi cuatrocientos temas exigidos en la convocatoria. Y en la entrega de hoy de esta sección me dispongo a hablar de ella. Es decir, de cómo se puede meter un discreto cincuentón casi cuatrocientos temas en la cabeza.
En primer lugar preparar este tipo de procesos selectivos no se solventa en dos o tres meses sino en dos, tres o algunos años más. Se trata de una guerra de trincheras donde lo importante es ir año tras año ganando terreno al “enemigo”. Esto es muy difícil o tal vez imposible de comprender cuando tu interlocutor es un chaval joven que acaba “destrozado psicológicamente” porque no ha pasado la nota de corte en un examen a Auxiliares o a Administrativos (fase que por cierto también he recorrido en mi periplo existencial). Un examen a Auxiliares o a Administrativos es algo parecido a los asaltos de las tribus apaches que vemos en las películas: no hay estrategia, no hay táctica,… hay un ataque en tromba para ver si cae la nota o se suspende en el intento. Y después del suspenso si a algo aspira el suspendido es a cabalgar por los campos de Manitú, no volver a aprobar en la próxima convocatoria. Cuando uno se prepara para lo que yo me preparo lo que hay delante no es el Séptimo de Caballería sino un insípido tablero de ajedrez y una larga y tediosa partida. El que sea capaz de vencer el tedio y no se duerma, aprueba. O eso supongo, porque evidentemente todavía no he aprobado (y evidentemente también todavía no me he dormido).
En lo concerniente a las motivaciones debo admitir que lo que menos me motiva es enfundarme la toga. Lo he hecho alguna ocasión por otros motivos y me parece la segunda prenda más molesta que debe enfundarse un “operador jurídico” inmediatamente después de la corbata. El ejercicio de la profesión para la que me preparo es visto en este orden de cosas más como una consecuencia o como un fruto que como un fin o como una meta. Siguiendo con las analogías es una visión del asunto parecida a la de un escalador. Lo que atrae al escalador, lo que le motiva, es que la montaña está ahí. Una vez arriba es lo de menos estar arriba. A mí me pasa igual: me presento a lo que me presento porque está ahí y simplemente porque está ahí quiero conseguirlo. Es un compromiso personal y la dinámica de trabajo abierta y mantenida se sustenta en lo básico precisamente por ese compromiso personal. Dicho fundamento tiene la solidez suficiente como para permitirme prescindir de apoyos y simpatías (que hace años he dejado de tener) así como encajar y situar en el ámbito propio de lo coyuntural los suspensos que he tenido y seguiré teniendo. La expresión de origen irónico de “Siempre Invicto” vendría a anudarse a lo anterior y así el suspenso, a diferencia de lo que sucede con opositores primerizos, jamás supone una derrota porque siempre aporta las lecciones del aprendizaje de una experiencia que nos enriquece y nos hace mejores para la próxima vez. Y siempre habrá una próxima vez para aprobar. Tal vez ésta.
|